Dogbane Beetle

miércoles, 24 de febrero de 2016

La mierda no deja de ser mierda por más aromatizante que eches en ella




El problema, a final de cuentas, es que llevamos alguien a nuestro cuarto, lo desvestimos con desesperación y esperamos encontrar el consuelo a toda la soledad que fuimos acumulando desde pequeños, las heridas que tenemos en el alma desde que entramos a la primaria, los volcanes estallando continuamente en nuestro interior, todo el amor que nos hemos obligado a ir tirando por la borda de nuestra propia razón, porque nadie lo quiere y hemos tenido que hacernos a la idea de que desear entrar no es suficiente para que los demás nos den la bienvenida. Entonces, llevamos alguien a nuestro cuarto, lo desvestimos con desesperación y queremos que con sus manos nos haga sentir que importamos, aunque no podríamos preocuparle menos y que con gemidos nos haga sentir validados, aunque lo último le interese en ese momento es cómo nos vemos y que después escriba por el whatsapp para que no nos haga sentir impertinentes, aunque nuestros mensajes insistentes no podrían fastidiarles más. Estamos necesitados, acabados, buscando afecto y amor en personas que no nos quieren. Y ya no sirven las drogas, la gente es nuestra droga, somos adictos a esos amigos que nos dan la espalda, a esas personas que no nos escriben de vuelta, somos adictos a sentirnos incómodos, a no pertencer. ¿Pero qué más podemos hacer? el amor propio es un mito de la era moderna. Entonces, llevamos alguien a nuestro cuarto, buscamos calmar el dolor con su piel, sentir abandono mientras estamos acompañados, subir a un pedestal a gente que no le interesamos, tener alguien en quien pensar mientras la vida se nos va por la borda, inventarnos problemas banales en los cuales entretenernos para no pensar que tal vez nunca nadie nos va a querer, que quizá hemos buscado durante tantos años la razón equivocada de la felicidad, que ya venimos programados, que ya venimos con el chip, que todo esto es un asco y que la soledad es una navaja que cala en la piel. Y luego llorarmos, hasta que nos volvemos cínicos y pensamos que al fin encontramos la solución, pero no, pasas de víctima a verdugo, de objeto a espectador. Y nada vale la pena, al final, nada lo vale. La mierda no deja de ser mierda por más aromatizante que eches en ella.

2 comentarios:

Laura Cruz dijo...

Me encanta lo que escribes.

Ω dijo...

Quiero hacerme un tatuaje (temporal) de este texto para el resto de julio.